Abadía

ORÍGENES DE LA ABADÍA

El primer documento conocido está fechado el 21 de abril e 1179 en Letrán. Se trata de una bula del papa Alejandro III, confirmando las posesiones que tiene el obispo abulense Sancho, concediéndole potestad sobre el “Monasterio Sancte Marie de Fundo”. 

Seguramente la aldea existía antes. Puesto que, es probable que, cuando un abad y sus clérigos, acompañados de conversos y consagrados, no sacerdotes, llegaban al lugar de su futuro monasterio, comenzaban a vivir en cabañas de leñadores, comprobando las condiciones del terreno. Esto les permitía, si las condiciones no eran idóneas, que se pudieran mover sin dificultad. Por el contrario si tales condiciones eran adecuadas, se edificaba la capilla y demás construcciones comunitarias.

Otro documento del que se tiene noticia, ya desaparecido, es una bula fechada en 1240, donde se indica que este monasterio es de la Orden de San Agustín y un privilegio de 1273 que lo cita como “Burgo del Fondo”.

En el siglo XVI aún tiene jurisdicción criminal. Es villa y, por tanto, independiente. Es en ese tiempo cuando más fuerza tiene el concejo del Burgo. Luego hay periodos, más o menos largos, de esplendor y decadencia donde el mismo pueblo va tomando diversos nombres. Con el tiempo la abadía llega a extrema relajación e indisciplina, hasta que fue suprimida en 1819 por el rey, a instancias del prelado abulense y del Cabildo de la Catedral de Ávila.

La parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, confirmada en el agitado siglo XIX, es heredera de la tradición secular de la presencia cristiana en Burgohondo.

LAS NAVES Y EL CRUCERO

La iglesia de la abadía está estructurada en tres naves, separadas por dos líneas de pilares de sillería; las naves confluyen perpendiculares en el crucero, apenas resaltado en la planta. Las columnas aparecen rematadas en un ábaco modulado, que sustituye al capitel; y de ellas arrancan cuatro grandes arcos formeros elaborados con dovelas de granito, dispuestas según el modelo de soga y tizón.

El arco toral presenta dos sencillas arquivoltas que apenas se distinguen del muro frontal, este arco da paso a un presbiterio que aparece cubierto de una bóveda de cañón de ladrillo irregular, hoy cubierto con una capa de cal, como ya estaba desde el siglo XIX. Por la fábrica de esta bóveda, se puede datar en el siglo XIV.

Toda la iglesia aparece recorrida por dos líneas de impostas diferentes, ambas biseladas y de similar factura.

Se conservan dos puertas de la época de construcción de la iglesia, que mantienen el estilo románico. La más importante es la del lado occidental, que aparece formada por cuatro arquivoltas de granito de radio decreciente. En el siglo XVI esta puerta fue tapiada, para abrirse otra en el lado norte, el espacio fue ocupado por el coro, cuya sillería se coloca delante de esta antigua entrada.

La otra, de menor calidad, aunque igual de antigua, parece que servía como comunicación entre la iglesia y el monasterio.

Son pocas las ventanas que se abren en los muros. En el lado oeste, sobre la antigua puerta tapiada, se encuentra un ojo de buey. En la parte norte se abren dos ventanucos, uno de ellos a un metro del suelo, por lo que podría tratarse de saeteras. Una nueva ventana se abre en el ábside, que seguramente pertenece a la primera época de construcción de la iglesia. Apoya la tarea de iluminación del altar mayor la oquedad situada en la cabecera de la nave de la epístola, que posiblemente se abrió en la reforma del siglo XVI.

ÁBSIDE Y ALTAR MAYOR

Al exterior, el ábside aparece configurado mediante la colocación de grandes piedras apostadas”a espejo”, situadas entre verdugadas de ladrillos y entre ripios en la zona superior norte.

En el interior, en la parte septentrional, presenta unas interesantes pinturas, que actualmente se ocultan tras un retablo barroco.

Flanquean el presbiterio cuatro robustos pilares, comunicados mediante dos arcos de dovelas biseladas en sus esquinas mediante dobles escorcias.

El retablo mayor, obra típicamente churrigueresca del siglo XVIII, acomodado en su estructura para adaptarse a la forma cóncava del ábside, así como su remate en forma de bóveda de cuarto de esfera, se despliega en cinco planos. Sobre un banco se levanta el cuerpo único, con cinco calles separadas por cuatro columnas estriadas y estípites.

ALTARES LATERALES

En las cabeceras de las naves laterales se levantan sendos altares clasicistas, ejecutados en madera, de finales del siglo XVIII. Ambos presentan dos cuerpos y tres calles, rematados mediante tímpano triangular. Cuatro columnas estriadas, rematadas en sendos capiteles jónicos, dividen el espacio del cuerpo inferior. Entre ellas, tres hornacinas acogen otras tantas imágenes, conjunto que se completa con una cuarta en la única cavidad del cuerpo superior.

El altar de la nave del Evangelio acoge en su calle central la imagen de la Virgen del Carmen y en las laterales a Santa Rita de Casia y a la Dolorosa, mientras que en el espacio superior del retablo se encuentra Santiago Apóstol. El de la nave de la Epístola está ocupado, en el centro, por la imagen de Santa Teresa de Jesús, flanqueada por las de San Blas, a la derecha, y San Sebastián a la izquierda, sobre ella la de Santa Gema remata el retablo.

Bajo ambos altares, en el frontal del banco que los soporta, aparecen dos interesantes escudos, ejecutados en piedra, de la segunda mitad del siglo XVI. Dichos escudos lucen dos interesantes cuarteles, con trece roeles el primero de ellos y ajedrezado el segundo.

En la nave del Evangelio, en el segundo tramo, encontramos un nuevo altar, cubierto con una hornacina, dedicado a la memoria de la Purísima; el ara aparece enmarcada mediante un arco de piedra semicircular, hoy empleado para la instalación del Monumento durante el Triduo Pascual.

Enfrente de este último altar, en el lado del Evangelio, se abre la única capilla exenta de la iglesia, además de la del Santísimo, de la que luego hablaremos, la capilla de San Antonio, a la que se accede a través de una interesante portada, realizada en el siglo XII. En ella se conserva la imagen del santo, elevada sobre una estructura de piedra de tres piezas; el fondo estrellado realizado en madera, imita la armadura de la iglesia.

CUBIERTA DE LA NAVE CENTRAL

La armadura que contemplamos hoy, y que probablemente sustituyó a la realizada en el siglo XII, se remonta a la primera mitad del XVI. Responde a la armadura mudéjar de par y nudillo, ochavada en los extremos con limas moamares. A partir de una nave rectangular, se consigue el paso a una estructura ochavada mediante cuatro pechinas gallonadas, que desempeñan funciones estructurales de anclaje y estabilidad. Todo el almizarate y los faldones aparecen decorados mediante estrellas de ocho puntas, mientras que los pares están agramilados. Los tirantes se disponen por pares, sin decorar, reservando para los canes y el estribo una ornamentación a base de arquitos y capullos.

La decoración se completa, en los extremos de la cubierta, a base de dos escudos abaciales y retazos perdidos de pintura, datables también en los primeros lustros del quinientos.

EL CORO

Se sitúa en el último tramo de la nave central, tapiando la antigua entrada de poniente, seguramente se realizó en el siglo XVI. De estilo renacentista, realizado en madera y cerrado mediante una sencilla verja de finos balaustres, coronada con una sobria cruz, ejecutada también en madera. Los diecisiete escaños que la componen no presentan más decoración que los diversos motivos de sus casetones, así como las sencillas columnillas adosadas, que encontramos entre los asientos.

La silla principal, de mayor tamaño, corresponde a la sede del abad. En su respaldo, este sitial luce, efectuado en la misma madera que el resto del conjunto, el que se conoce como escudo del monasterio, enmarcado por finísimas pilastras con estrías muy clásicas.

Delante de los diversos asientos, completan el conjunto tres elegantes atriles corridos, que lucen decoración a base de casetones ejecutados en madera con cuidada delicadeza.

EL BAPTISTERIO Y LA TRIBUNA

Junto al coro, al final del último tramo de la nave del Evangelio se construye, en el mismo siglo XVI, el espacio reservado al baptisterio. La balaustrada que lo rodea es continuación de la que encontramos en el coro. En el interior de la capilla bautismal se encuentra la pila, cuyo estilo nos habla del primer renacimiento, ejecutada en granito berroqueño y con cortes a base de pequeños lóbulos girados sobre un eje central.

Sobre el coro está la tribuna, a la que se accede a través de una escalera de madera situada a los pies de la iglesia, después de recorrer el pasillo que se abre entre el coro y el muro norte de la misma. En este muro, en que se abre una pequeña saetera medieval, encontramos el armario en que se conservan los óleos para el bautismo.

En esta tribuna renacentista, se conserva el lugar que un día ocupara el órgano, hoy desaparecido, y que sale como un balconcillo sobre el espacio del coro.

ENTERRAMIENTOS

Se conoce la existencia de un lugar de inhumación en el claustro, reservado a los miembros de la comunidad monástica. Así existen tres inscripciones funerarias en letra medieval, apenas legibles, en la nave de la Epístola: una junto al pilar del presbiterio, la segunda en el camino que lleva a la capilla de San Antonio y a la sacristía, y una más junto al altar de la cabecera de esta nave lateral. Cualquiera de la tres puede pertenecer a un clérigo de San Agustín.

Singular atención merece una cuarta sepultura, y la única que con carácter abacial conocemos en el monasterio, la lápida sepulcral a que nos referimos, realizada en granito berroqueño y situada bajo el coro, corresponde al abad D. Pedro Vázquez y sobre ella luce la siguiente inscripción:

ILLE. S. PEDRO
VAZQUEZ. ABBAD DEL
BURGO. FINO A& 3 DE
JUNIO. 1578
VIRTUTE. JUSTICIA.
ET RELIGIONE INCLITUS
DOT`[ad]A

Se conserva también su escudo abacial, con cuatro cuarterones. El primero a la izquierda presenta una torre, correspondiendo el de debajo a una tau, a la derecha aparece como una cerradura de arcón sujetada por dos manos sobre un libro abierto, habiéndose perdido el cuarto cuarterón, en el que apenas se observa una prominencia en la piedra.

En la capilla del Santísimo encontramos la quinta y última inscripción funeraria, apenas legible, se pueden observar con claridad dos signos en forma de aspa en el centro de la misma así como algunas letras en cursiva más en la base.

LA CAPILLA DEL SANTÍSIMO

Su hechura es medieval. Las piedras mayores se colocan en vertical, dejando para las hiladas de sillarejos y el mampuesto de relleno sus espacios intermedios. En ella se abren tres puertas que la unen con la sacristía, la iglesia y la casa rectoral.

El suelo, de madera, fue colocado en la última reforma en los años noventa, al igual que el banco que rodea el espacio para el oficio litúrgico, bajo este suelo se esconden las losas de granito primitivas. Madera que surge en forma de tronco de encina en el altar.

La techumbre, mudéjar, es hermana de la que encontramos en la iglesia, las calles se vuelven a llenar de estrellas de ocho puntas. Resulta complicado llegar a entender el uso primitivo de esta estancia. Hay quien se aventura a pensar en ella como refectorio del monasterio; la misma cercanía con el claustro, al tiempo que con al iglesia, puede sugerirnos también algún tipo de sala capitular.

Tres elementos más completan la capilla: El crucifijo que soporta la pared de poniente, que recogen ya los inventarios de principios del siglo XX; tradicionalmente usado por los miembros de la cofradía de la Vera Cruz. Haciendo las veces de pedestal en que apoyar el sagrario de madera, encontramos una pila de agua bendita, cuyo estilo nos lleva al gótico del cuatrocientos.

La pintura mural del panel del mediodía representa el último de los elementos. Su autor es el sacerdote almeriense Fernando R. Reus, que la firma el 6 de junio de 1992, en ella se representa la protección que la virgen madre, Santa María la Real, hoy de la Asunción, señora de Burgohondo, tiene para todos los hombres de esta comarca serrana.

Abajo está la abadía, representación de la humanidad, de los siglos que nos contemplan. Arriba aparece Santa María, en su Asunción, arrebatada de este valle por el divino rayo que la circunda, al tiempo que custodiando a quienes la contemplan con fe. El escudo de la abadía, con sus cinco flores de lis, sella el conjunto que forma el mural.

LA SACRISTÍA

En su interior custodia algunos de los escasos elementos de orfebrería que se conservan de la abadía. Merece destacarse la custodia de plata, realizada en el siglo XIX, según los patrones historicistas, llama la atención especialmente la decoración que presenta en torno al viril, mediante roleos vegetales, contrastan éstos con el dorado ostensorio a juego con el también dorado y minuciosamente decorado viril. El mástil es más simple, liso, y sin más decoración que un tosco nudo, conectado con un nuevamente cuidado pie, decorado mediante motivos vegetales de acanto y racimos de uvas.

Un cáliz barroco de plata dorada se conserva también en esta sacristía, luce una inscripción que nos habla de su historia: “DIOLE A ESTA IGLESIA DE S(an)TA MARÍA D(on) FRUTOS CANENCIA DE BELANDIA, VECINO DE SEGOVIA, AÑO DE 1683”. Tiene una altura de 26,5 centímetros, se acompaña de una patena de plata.

Existe también un copón repujado de estilo barroco sin decoración alguna, del siglo XVII, la tapadera que lo acompaña ha perdido en su cima lo que debió ser una cruz.

Se conservan también tres burdas crismeras realizadas en plata. Han perdido su tapón, que debía ser de rosca, aunque conservan en buen estado sendas inscripciones, en las que se lee: CHRISM(a), INFIRM(orum) y CATECUM(enorum), que todavía hoy se emplean en el almacenaje de los diferentes óleos de la abadía de Burgohondo.

EL MONASTERIO: FORTALEZA ROMÁNICA

Al sur de la iglesia se alza el monasterio. La planta general de la abadía aparece, de esta manera, inscrita en un cuadrado con torres de planta circular en sus ángulos y una más en el centro del perímetro, lo que le da un claro aspecto de plaza defensiva.

Los muros están hechos de mampostería, con las piedras grandes colocadas verticalmente, influencia clara de la muralla de Ávila. Entre las hiladas mayores se insertan diversas lajas cortadas de modo irregular. Las ristras que completan las piedras en el ábside son sustituidas por ladrillos, según el gusto de la época.

En estos muros se insertan distintos vanos, mínimos en los torreones. El carácter defensivo de la edificación hace pensar en su uso como saeteras. Además del patio central, del que hablaremos después, existen dos patios más, al norte y al sur del monasterio. En el lado septentrional se encuentra un atrio que Ángel Barrios lo sitúa cronológicamente haciéndolo coincidir con la repoblación de la zona, en el último tercio del siglo XII. A este patio se accede a través de una destacada puerta de arco ojival, hecha de granito a finales del siglo XIII o principios del XIV, conformada mediante dos arquivoltas decrecientes y capitel semilabrado, semejando una línea de impostas. Está flanqueada con dos piedras verticales a modo de almenas. Este patio se dispone como un recinto alineado por un cerramiento de mampostería. El suelo se presenta encodonado y, a través de él, se da paso a la entrada principal norte de la iglesia, abierta en el siglo XVI.

Por el lado sur, el pequeño patio actual da paso a una zona de huertas con cerramiento de muro de mampostería. En el siglo XVII se coloca una puerta de grandes dimensiones que, rematada con una cruz de piedra, cierra lo que se conoce como La Huerta de Palacio. El espacio delimita los terrenos que son cultivados por la comunidad de clérigos.

LA TORRE

De estilo renacentista se levanta en la primera mitad del siglo XVI, al final del último tramo de la nave Epistolar. En su origen, el monasterio no contaba con edificación parecida alguna, siguiendo la tradición cisterciense de austeridad, de esta forma, se determina que no exista ningún signo de señorío en estos monasterios y por eso se prescinde de la torre como símbolo de poder; ésta es sustituida por un campanario de espadaña. En el siglo XVI, en que se olvida este espíritu original y acentúa de nuevo el poder de los monasterios, se levanta la torre que hoy contemplamos.

Presenta planta rectangular con aparejo de mampostería, reforzando las esquinas mediante piezas de sillería. Posee un campanario de seis huecos y aparece coronada por desiguales almenas decorativas de una pieza y granito berroqueño. Cubre el conjunto un tejado convencional, que antes debió ser de madera. De la línea de suelo del campanario y hacia el exterior, arrancan tres grandes piedras a modo de base sobre las que, en su día, existió tal vez una plataforma o balconcillo.

Todo el interior de la torre está ocupado por una escalera de caracol de dos metros de diámetro, que parte de una pequeña puerta, en la iglesia y conduce al campanario, esta escalera constituye el núcleo central de la estructura, haciendo de columna vertebral sobre la que se asienta el peso de la misma. Está formada por 66 pasos bien labrados e iluminada por cinco ventanucos que recuerdan las saeteras medievales.

EL CLAUSTRO

En 1583, el cabildo abacial encarga al maestro Francisco Hernández 24 columnas con el fin de colocarlas en el patio situado en el centro de la abadía, delimitado en su parte norte por la misma iglesia. El paso del tiempo y las distintas reformas han acabado con este singular conjunto.

De lo que queda en pie, corresponden a él los niveles de cimentación, marcados por las diversas losas del conjunto y las siete pilastras conservadas en el lado sureste. Otro tipo de restos de la cimentación se encuentran distribuidos en las cercanías de la iglesia y en los diversos patios del monasterio.

Las pilastras, de sección cuadrada, están trabajadas en granito y tal vez constituyan la base de una arquería, a la que debían pertenecer también los distintos elementos arquitectónicos (fustes, capiteles y basas de columnas), encontrados tanto en el interior del claustro como en los alrededores.

Las excavaciones realizadas en noviembre de 1985 dejaron al descubierto un importante conjunto de losas, que quedan documentadas como pertenecientes al solado original.

Un documento hallado, fechado en 1583, ya hace referencia a algunas partes de este claustro; así aparece el canalillo, orientado en la dirección este-oeste, y está documentado el nivel de asentamiento de la cimentación. También aparece reflejada la existencia de un pozo, colocado en el centro del claustro y cuyo recorrido ha sido aprovechado hoy para ubicar el desagüe del recinto.

Según este mismo documento, el patio estaría solado con losas de granito labrado a picón llano. Con un diseño que obliga a que todas confluyan en la boca del pozo. El cerramiento original podía consistir en un dintel corrido que tuviera como puntos de apoyo las pilastras de granito, lo que hace suponer un nivel de solado más bajo.

Los muros que rodean el claustro están construidos en mampostería de granito con algunos sillares intercalados. En el lado sur de la iglesia está situada una de las puertas de acceso, bajo un arco ligeramente rebajado, que ya en la edificación original podía constituir el eje del propio claustro.

En la pared oriental se distinguen claramente dos zonas: la parte más cercana a la iglesia (norte), corresponde a la capilla de San Antonio, construida a base de sillarejos parcialmente irregulares; la parte sur del cerramiento conserva mejor las peculiaridades renacentistas, destinada a celdas en la parte alta y almacenes y caballerizas en la parte baja; la división entre ambas plantas está marcada por una línea de mechinales de madera situados a 50 cm sobre las pilastras y que pueden guardar relación directa con el esquema original.

El muro septentrional aparece traspasado por una entrada, justo delante de la puerta que lleva a la iglesia. En el oeste, sin embargo, no quedan hoy restos de la obra original.

LA FINCA

Un muro de mampostería cierra los campos del monasterio, espacio en torno a la abadía que la comunidad cultivaba directamente o a través de siervos domésticos. Estos campos, hoy en manos privadas tras la desamortización de Mendizábal, se conocen popularmente como La Huerta de Palacio, en referencia al palacio abacial del que formaban parte.

Respecto a su historia anotamos la adquisición que hace de ellos el militar D. Pedro Alcover, a mediados del XIX, que los vende a D. Pedro Delgado Román y éste a su vez a D. Magín Pérez, siendo sus hijos Rosa, María, Antonio y Aquilino los herederos de la misma, que ha permanecido en sus manos hasta hoy.

A lo largo del citado muro de mampostería encontramos diseminadas diversas marcas en forma de cruces o de estrellas, que señalan al peregrino la propiedad de la finca.

La construcción más destacada, con mucho, de esta finca la constituye la magnífica portada barroca que le da acceso, edificada a mediados del siglo XVII. Su trazo, de granito berroqueño, viene marcado por una puerta dovelada bajo un frontón partido, que deja espacio en su centro para una cruz. Arriba, flanqueando el conjunto, dos nuevos elementos, como almenas defensivas, delimitan el espacio.

EL ESCUDO DE LA ABADÍA

El escudo de la abadía se configura en un único cuartel, doblemente simétrico respecto a un punto central, enmarcado por finísimas pilastras con estrías muy clásicas. El motivo heráldico elegido es la flor de Lis, en número de cinco, ordenadas según la misma simetría en torno a un eje central. La presencia de la flor de Lis en la heráldica se documenta, al menos, desde el siglo XII.

Existen varias reproducciones de dicho escudo en la abadía, una aparece en el coro, claramente del siglo XVI y perfectamente integrado en el conjunto ornamental renacentista del mismo. Encontramos otro en el ábside, realizado en piedra que, sin embargo, ha perdido su talla, producto del paso del tiempo. Mejor conservado, encontramos un tercero, situado en la fachada meridional, sobre una ventana, también realizado en piedra y de la misma época, mediados del XVI.